Cosas de agosto

 

Nacer en agosto en Madrid es hacerlo dos veces.

Tuve un hermano intempestivo una noche con las ventanas abiertas a un ambiente de derrota. Un verano donde el silencio de la calle imponía bucear en lo inescrutable de la existencia de cada uno. Noche de agosto en Madrid, de frustraciones y envidias, de ambiciones derrotadas, de compañías anodinas en camas que responden a preguntas que nunca se llegan a hacer. Aroma de pepino en el gazpacho, de cloro en la piel, de plástico y chancla. Geografía de sudor en sábanas de hilo. Noches frugales casi anecdóticas. Nacer en Madrid, en agosto y de noche es un accidente.

Me imagino soñando. Dormir era subirme en una atracción de feria, un tren de la bruja con una maravilla esperándome en cada recoveco del trazado. Aventuras con mis amigos del cole, Joserra y Pancho, con mis padres por El Pardo, con mi primo Kiko o mi hermano, aún de mentira. El sueño me reportaba experiencias que el día me negaba.

Era verano y agosto, en Madrid.

Me creo trasnochando hasta esas horas que son coto y secreto de los mayores. Probablemente me quedara dormido en el sofá ante un gran televisor carente de contenido. Mi madre cabecearía en un duermevela preámbulo de otro más intenso. Mi padre en la terraza, sin camiseta, meyba con franjas laterales, sandalias y cigarro,  escrutaría el averno del barrio con disnea de 30 grados, autoerigido custodio de la tranquilidad, martillo de los indomables. Parecería que estuviera pensando “dormid tranquilos. Ya vigilo yo”.

Cuando la noche, tan parca en horas, se descubría en hastío, tocaba retirada. Mi madre reaccionaba a los suaves golpes de mi padre con confusión. Yo directamente no respondía. Recogido en brazos con tanta fuerza como destreza apoyaba la cabeza en el hombro huesudo de mi padre, luego era depositado con celo en mi cama. Entonces toda la casa se sumía en un inquietante silencio que sólo era capaz de derrotar desde el sueño.

En agosto, de noche y en Madrid también pasan cosas.

- Que venga Puri para que se quede con Rubén. – Le oí decir a mi madre.

- Sí, voy. Mete todo en la bolsa, que no se te olvide nada. Joder con el niño, qué prisa tendrá.

Mi puerta entreabierta dejaba que se asomara algo de luz del pasillo. El tono anaranjado de las bombillas incandescentes creaba un ambiente cálido que agravaba más si cabe la tórrida noche. En un lado de la habitación se adivinaba el póster firmado de un futbolista, dos medallas que gané en el campamento de julio, el horario de las clases que ya acabaron, mi foto disfrazado de muñeco. El flexo de la mesilla creaba en la pared una forma tan extraña como tenebrosa. El armazón que contenía a la bombilla se proyectaba distorsionado, temblaba. El cuerpo del flexo devenía en un largo cuello. El monstruo se retorcía ante la lucha de poder entre la incipiente y potente luz del pasillo y la otra escuálida que arrojaba la ventana.

Con los ojos abiertos e inmóvil vivía como espectador pasivo lo que ocurría en casa. Interpretaba cada ruido, unos pasos acelerados, una puerta de armario, ¡no!, es un cajón, algo cae al suelo, una moneda de 100 ó 500 pesetas. Como un invidente que juega a abrir los ojos iba componiendo la realidad que acontecía al otro lado de la puerta.

- Puri hija. Gracias por venir. – dijo mi madre seguramente apurada por disponer de noche de la ayuda de una vecina. – Mira que lo sabía. Ayer por la tarde se lo comenté a Juan y me dijo que era imposible. ¿Cómo no lo voy a saber yo si le llevo dentro?

- Bueno, no te preocupes. – Contestó Puri imagino que poniéndole la mano en el brazo a mamá como siempre hacía. – Ahora que todo vaya bien. ¿Se ha despertado Rubén?

- No, está dormido. Ayer estaba muy cansado así que se levantará tarde. Vendrá mi hermana a buscarle. Si nos dan una habitación con teléfono te llamará Juan para ver qué tal todo y darte el número por si pasa algo.

- ¿Estás ya? – Interrumpió mi padre supongo que desde el descansillo de la entrada. Él se preocupaba mucho por todo. A mi madre le reprochaba que fuera tan tranquilona como la abuela que tuvo a la tía Charo mientras hacía pis. “Ya verás como das a luz en el autobús y luego nos sacan en la tele” le decía medio en broma medio en serio.

Lo siguiente fueron despedidas, prisas y buenos deseos. La puerta de la calle se cerró. Los pasos de Puri se acercaron a mi cuarto. Asomó la cabeza. Me hice el dormido. Cerró la puerta. La luz del pasillo desapareció. Me dormí. Soñé que era invierno. Cuando desperté el dinosaurio aún seguía ahí.

Encuentros casi furtivos

¡Joder, cómo se le ponen los pezones! Me vuelven loco. 

El pensamiento de Manuel era tan libre como salvaje. Un toro bravo en una dehesa, sin ataduras ni mordazas, con el único guión de su instinto más primario.

Sentado en el borde de la cama, desnudo pero con calcetines, dejaba reposar el cuerpo exhausto sobre sus brazos, ahora pilares.

Mientras tanto, Lorena se incorporaba en la cama para alcanzar la blusa oscura que apenas 10 minutos antes la vestía.

La habitación era gélida, en esas fechas en las que no sabes si han apagado la calefacción para ahorrar o porque esperaban que se adelantara la primavera. De cualquier manera se habían equivocado.

-   ¿Has visto el cuadro de la virgen en la pared? – Apuntó Lorena mientras abrochaba el único botón que ocultaría sus pechos de la mirada ahora ya incómoda de Manuel. – Me da muy mal rollo. Parece que nos esté mirando todo el rato.

-   No es un cuadro. Es un holograma y por eso nos mira. Los hacen así para que no te sientas solo. Sobre todo la gente mayor, les da tranquilidad. Hace muchos años estuve en las fiestas de un pueblo minúsculo y acabé follando con una de allí, en la habitación de sus padres, aquello era como un santuario: crucifijos, estampitas. Un San Antonio, recuerdo un San Antonio sobre una cómoda que también nos miraba, como esta virgen. Eso sí que da mal rollo.

-   A mí no me vuelvas a traer aquí a follar, ¡eh!. Si no te quieres gastar dinero lo hacemos en el coche, en un descampado, pero aquí no. Es que se me ha cortado todo. Yo creo que por eso no me he corrido. Entre la virgencita y el frío que hace se me ha jodido el momento.

-   Dame fuego anda.

-   Está en mi bolso. Cógelo tú – Contestó Lorena con desgana.

Localizar el bolso no fue difícil, la habitación era tan pequeña como diáfana. Encontrar el mechero era otra cosa. Los bolsos de las mujeres ya son de por sí difíciles de entender para un hombre, pero el de Lorena era todo un desafío al orden.

Agenda, monedero, tickets de compra, tampax, chicle, …

-   Trae anda que me lo vas a revolver todo.- Le recriminó Lorena a la vez que se levantaba de la cama para buscar el mechero. – ¿Ves? Aquí está. Es que no tienes paciencia.

Manuel se encendió su cigarro con premura. Para él terminar de follar y fumar era todo uno y había dejado pasar ya unos minutos.

La primera calada, con la que se encendía el cigarro fue tan profunda que le hizo toser. Un solo golpe de tos, seco, mudo, cavernario. Aquel no fue obstáculo para inhalar una segunda calada con más fuerza si cabe.

-   Tienes que mirarte esa tos. Mi padre murió por una tos como la tuya. – Dijo Lorena.

-   A tu padre le atropellaron al cruzar una calle sin mirar, por donde no debía.- Respondió Manuel en un tono desafiante.

-   Sí, es verdad, pero cruzaba para ir a la farmacia a por Pastillas Juanola porque tenía mucha tos.

-   Yo siempre cruzo por el semáforo y tú deberías hacer lo mismo.

-   Vale papá. Seré una niña buena y cruzaré bien la calle. – El tono de la conversación era agrio. Lorena estaba resentida por un encuentro que no había cubierto sus expectativas. Se sentía estafada.

Manuel optó por no contestar. Dejó morir la conversación ahí y siguió dando buena cuenta del cigarro. La habitación, mientras tanto se llenaba de una nebulosa que dificultaba que ambos se vieran con claridad. Se creaba un ambiente romántico, novelesco casi fantástico.

Apagado el cigarro sobre un cenicero recuerdo de Sitges, se dispuso a buscar su ropa. Sin hablar, dando la espalda a Lorena se enfundó sus calzoncillos con ribetes turquesa y volvió a la cama a sentarse junto a ella.

Los segundos de silencio se sucedían. Ensimismados en sus pensamientos el encuentro parecía estar en fase terminal. Los estertores, que eran suspiros, sólo se acompañaban de una puerta que se cerraba en algún lugar del edificio, unas pisadas por el pasillo o ambos.

-  Otras veces gritas más – Dijo Manuel con los ojos clavados en la virgen holográfica de la pared.

-  ¿Me lo dices a mí o a ella? – Y Lorena sonrió.

-  No me jodas Lorena. Que no has gritado nada. Ni que te hubiera traído obligada.- Contestó Manuel mientras volvía su cabeza hacia ella.

-  ¿Qué quieres decir? He gritado lo que he gritado. Ya te he dicho que no me he corrido. – Respondió Lorena con el cuerpo enfrentado  a Manuel. Ahora estaban cara a cara, mirándose con solemnidad, retándose.

-   Ya, pero otras veces tampoco te corres y no sé, gritas y gimes más.

-   Grito lo que me pide el cuerpo y hoy en los tres minutos que has durado no me ha dado para más.

-   Yo también duro lo que me pide el cuerpo. Respondió Manuel mientras giraba la cabeza de nuevo para huir de la amenaza de Lorena.

De nuevo el silencio volvió a inundarlo todo. Sus cuerpos hieráticos parecían defender un territorio acotado en la cama. Desde sus dominios se sentían presentes, se escuchaban respirar, se olían. Nada más. Sólo latencia.

Lorena rompió el silencio. Se levantó a buscar su ropa y le dijo a Manuel:

-   ¿Recoges tú a los niños en el cole? Tengo que ir al Corte Inglés a cambiar el regalo de mamá que no le vale.

-   ¿Tengo que llevar a Carlos a judo? – Inquirió Manuel

-   No, hoy no. No tienen nada. Recógelos y nos vemos luego en casa.

No se ayudaron a vestirse.

En la cocina

 

-  No te puedes ir sin probar estas cocretas

-  Mamá, no me estás haciendo caso. Y se dice croquetas.

-  A tu padre le gustaban mucho. Creo que fue lo que terminó de enamorarle. Aún recuerdo su cara cada vez que me veía trabajando la masa. ¿Hoy cocretas?, me decía y luego me besaba en la cara. Tu padre era como un niño.

-  Mamá, por favor, ¿quieres prestarme atención? Te estoy diciendo que me caso, deberías alegrarte.

-  ¡Umhhhh! Mira, pruébalas ahora que el rebozado está crujiente. Anda, abre la boca. Cuidado que quema un poco, ¡eh! Sopla.

-  Mamá, yo me como la croqueta, pero necesito que me digas si vas a venir a mi boda. Quiero que vengas. Tienes que venir. Eres mi madre.

-  A mí me enseñó a hacer cocretas mi abuela, tu bisabuela, vamos. Mi madre estaba demasiado liada con la tienda para meterse en la cocina. Recuerdo que de pequeña ir a casa de mi abuela significaba que ese día comíamos bien. Con mi madre no, definitivamente no sabía cocinar. Todo eran cosas rápidas para cubrir el expediente, arroz, pasta, huevos.

-  La boda es el 3 de junio, en el ayuntamiento. Y me caso muy enamorada. Sofía es una mujer maravillosa. Ya verás como cuando la conozcas te va a gustar. Su madre es de un pueblecito de Ávila, como tú. A lo mejor hasta os conocéis porque debéis tener la misma edad y cuando tú eras pequeña irías a las fiestas de su pueblo o ella a las del tuyo. Mira que si os conocéis. También se llama Sofía.

-  No me gusta que te cases con una mujer. Ya lo sabes. Llámame antigua si quieres, pero a ojos de Dios eso no está bien. Se lo quise preguntar a Don Leandro pero me dio vergüenza y no me atreví.

-  ¿Preguntar qué, mamá?

-  Pues eso, que mi hija se case con otra mujer. Que qué opinaba y qué debía hacer.

-  Entonces, ¿para ti es más importante lo que diga un cura que lo que diga tu hija? Te estoy pidiendo por favor que vengas a mi boda. Va a estar toda la gente que quiero y tú no puedes faltar.

-  Tengo un poco de tortilla de ayer en la nevera. ¿Quieres que te caliente un trozo? O mejor, te la guardo en un tupper y te la llevas a casa. ¿Y a qué se dedica esa chica?

-  Esa chica es mi novia con la que me voy a casar y se llama Sofía. Trabaja en un banco, en el Santander en una oficina por Méndez Álvaro. Mira, tú que tienes la pensión en el Santander si necesitaras algo te podría ayudar.

-  Están muy mal las cosas en los bancos. Todos los días en la noticias lo dicen. ¿Ella está ya fija o todavía no?

-  Sí mamá está fija. ¿Pero eso qué te importa?

-  Pues yo quiero lo mejor para mi hija y a ver si os vais a ilusionar y luego la despiden y fíjate qué panorama.

-  Pues no la van a despedir. Y si la despiden encontrará otro trabajo porque ella es muy lista.

-  La tortilla te la guardo en el mismo tupper que las cocretas. Que como no me los devuelves me estoy quedando sin tupper.

-  Croquetas mamá, croquetas. Y sí, pónmelo todo junto. No pasa nada. Además, al final todo acaba revuelto en el mismo sitio.

-  Ay hija, qué desagradable eres. No digas guarrerías que tú nunca has hablado así. ¿Y por qué te tienes que casar en el ayuntamiento? A Don Leandro le hubiera gustado casarte. Él te dio la Primera Comunión. Pero claro, como te casas con otra chica, no le parecería bien.

-  Mamá, no me puedo casar en la iglesia porque no está permitido. Sólo en el ayuntamiento. Y Don Leandro prefiero que no aparezca.

-  Pues no sé por qué le tienes tanta manía. Desde que murió tu padre me ha ayudado mucho. Me metió en el grupo de la visita del Papa y fue muy divertido.  Además, siempre me pregunta por ti. Claro que yo no le digo nada de lo de esa chica.

-  Sofía, So-Fí-A.

-  Pues Sofía. Mira, como la reina. Si tenéis un niño le podéis poner Felipe. ¡Ah no! Que no podréis tener niños. Por cierto, y tú y ella cuando queréis, ya sabes, eso…¿cómo …? Casi es mejor que no me lo cuentes. No,
no me lo cuentes que…ojos que no ven corazón que no se entera de nada.

-  Mamá, Sofía y yo nos amamos como tú amabas a papá. Igual. Que sea una mujer no importa porque el amor no entiende de sexos. Y sí queremos tener hijos y hay muchas formas de hacerlo sin que haya un hombre.

- Pues ya me dirás cómo. Porque ahora con el Internet ese se pueden hacer muchas cosas, pero hijos seguro que no.

-  Hay clínicas que te lo hacen. Y también se puede adoptar.

-  Yo de joven era muy guapa. Tenía a todos los chicos del pueblo a mis pies. Pero conocí a tu padre y ya no tuve ojos para nadie más. En aquella época eso que vas a hacer tú no existía. Todo era más normal. Te conocías y te casabas. Luego tenías hijos y ya está. Sin cosas raras. Y no creas que nos aburríamos que siempre teníamos algo que hacer.

-  Mamá, por favor, ¿quieres dejar de irte por los Cerros de Úbeda? No me contestas a mi pregunta. ¿Vas a venir a mi boda? ¿Sí o no?

-  Toma, te lo pongo todo en esta bolsa. ¿quieres algo de fruta? Tengo unas mandarinas que me trajo ayer Encarna. Toma, llévate un par de ellas. Ya verás qué dulces están. Son de Levante, Levante. Las mejores.

-  ¿Vas a venir a mi boda? ¿Sí o no?

- ¡Ay hija, cómo te pones! A veces eres muy arisca. Pues a ver, qué remedio. Para una hija que tengo y que se me casa, pues tendré que ir. Pero cuando llegue lo del vals yo me voy al baño ¡eh! Y que no te moleste.

- No mamá. No me molesta. Gracias. Te quiero.

- ¡Ah! Y me sientas lejos de tu tía Carmen que ya está gagá.

Un encuentro breve

Las ferreterías son libros en un idioma que no conoces. Son un conglomerado de cachivaches anónimos y con una utilidad por descubrir que se apilan en un orden al alcance de pocos.

En octavo de EGB mis padres me permitieron ir al colegio solo, andando, desde casa. Fue uno de los momentos más importantes de mi vida. Me acababa de ganar su confianza, y eso me dignificaba como hijo.

El trayecto apenas duraba 15 minutos pero era toda una experiencia pasar a primera hora de la mañana por esas tiendas de barrio que abrían sus puertas entre bostezos,  prisas y saludos al vecino más madrugador.

Me tenían prohibido entretenerme en el camino. Mi madre me despedía con un beso en la mejilla y me decía: “y ahora directo al cole. No te pares en ningún sitio que llegarás tarde”.

En mis primeros días de autonomía caminaba rápido y  decidido, henchido de orgullo por ser ya mayor y con el foco puesto en llegar pronto al colegio sin ningún contratiempo.

Yo estaba convencido de que mis padres me seguían a distancia, escondiéndose para que no les viera, y comprobando si era merecedor de tamaña confianza.

Por mi parte, les correspondía no mirando atrás para que no fueran descubiertos ni se pudieran sentir mal. Me los imaginaba agazapados detrás de uno de los SEAT 127 que tanto abundaban por el barrio mientras ambos asentían con connivencia por su acertada decisión.

A medida que las semanas fueron pasando, fui ganando confianza en mí mismo y eso me permitió disfrutar más del trayecto. Contaba los segundos que tardaba en cambiar el semáforo, reconocía a todos los perros que eran paseados a esas horas, sabía quién debía de salir por un portal concreto en un momento dado y, sobre todo, me conocía todos los escaparates de todas las tiendas por las que pasaba.

La vieja tahona del barrio era parada obligada en mi camino al colegio. El olor de la masa horneada del pan se fundía en el ambiente con la mermelada de los cruasanes o la vainilla de los pasteles. Todavía hoy tengo mi olfato cautivo de aquella revolución de aromas.

Poco antes de llegar al colegio terminaban las tiendas y empezaba el parque de San Cristóbal. Este último tramo era frío y desapacible en invierno cuando el viento arreciaba con crueldad sobre mi parca y lanzaba las hojas húmedas contra mí cara. En verano tampoco era lo mejor del trayecto. La ubicación del parque con respecto al sol impedía que la sombra de los árboles me amparara. Lo peor de mis 15 minutos de aventurero, sin duda.

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Septiembres

¿Quién dijo que septiembre siempre es amargo?

Eso debió de pensar cuando le confirmaron que estaba embarazada. El análisis clínico podía dar lugar a equívoco, pero la ecografía no. Imaginar que un punto ininteligible con forma de cacahuete en un espacio tan borroso era su proyecto de vida, se convertía en todo un acto de fe.

Lloró mostrando toda su fragilidad y sonrió compartiendo toda su felicidad. El ginecólogo ducho ya en estos lances siguió el protocolo establecido de dar la enhorabuena y un kleenex, todo en uno.

Le había costado mucho llegar a recibir esa noticia. Años de frustraciones, decisiones erráticas, ilusiones inconclusas. Años de padecer el paso del tiempo sin poder realizarse como quería hacerlo. Pero al final llegó el momento: “Estás embarazada, no hay duda” le dijo el ginecólogo.

En sus primeros instantes de proyecto de madre no echó en falta a nadie a pesar de encontrarse sola. Lo tuvo muy claro hace ya un año, “quiero ser madre y si no encuentro al hombre perfecto lo seré sin un padre a mi lado”.

El cacahuete ondeaba en la pantalla como si tuviera vida propia mientras ella obnubilada, absorta y ausente creaba mil y una ilusiones. Su vida se deconstruía por momentos y volvía a erigirse, esta vez con espectaculares colores. Aquellos planes de ser madre ya no se dibujaban en blanco y negro, ahora eran alta definición: La lactancia, los primeros pasos, las primeras palabras, siempre imaginado, hoy entraban en fase embrionaria. No le resultaba difícil porque lo había visualizado tantas veces, unas desde la imaginación, otras desde la envidia.

Hoy saldría a la calle con un gesto diferente, animando a que la gente la interpelara y ella pudiera contestar “es que estoy embarazada”. Luego vendría “de momento de cinco semanas”, “esta tarde no que tengo ecografía”, “todavía no sé si es niño o niña”, “no, no tengo muchas náuseas”, “¿sola? ¿Y qué más da? Me siento muy capaz”.

Cuando el doctor le extrajo de su interior la cámara del ecógrafo tenía los ojos cerrados. Había dejado de mirar para pasar a sentir. Y así siguió unos segundos hasta que oyó la voz de la enfermera que la animaba a vestirse.

Unas primeras pautas, una nueva cita en un mes y una vida normal.

Era septiembre. No necesariamente un mes amargo.

Momentos tan necesarios

 

Nunca imaginé que volvería a esta casa con las cenizas de papá en las manos.

La casa estaba sucia y desordenada. Su tiempo se había parado como lo había hecho el corazón de papá una semana antes. Los restos de la cena compartían la mesa con los desechos del material que usaron los sanitarios de emergencias. Resultaba paradójico que uno empezara a cenar judías verdes y terminara con una inyección de adrenalina como postre. C’est la vie.

Creo que llevaba seis años sin ir por allí. Casi siete. Desde que nos enfadamos porque le reproché en el velatorio de mamá lo desgraciada que la había hecho. Él esgrimió su clásica mirada torva y me dijo: “Desaparece de mi vista”. Y a fe que lo hice.

Entonces regresaba con sus cenizas para esparcirlas por el jardín, como quería.

Llegamos a esta casa siendo yo muy pequeño. En aquel momento las escaleras se abrían ante mis ojos infantiles como un reto inalcanzable y, sin embargo, aprendí a contar con ellas a base de subirlas y bajarlas. Lo recuerdo perfectamente, 12 peldaños y ese pequeño añadido al final que depuraba el honor del constructor.

La cocina era mi espacio favorito. Aquí hacía los deberes cuando volvía del colegio y aquí se sinceraba mi madre conmigo por su infortunio. Es curioso, siete años sin ella y todavía quedaba en el ambiente el aroma de sus guisos. Parecía que la olla estuviese siempre en ebullición con cualquier pieza de verdura para llevarla a su máxima expresión de generosidad.

En el estante del fondo no quedaban apenas especias, algo de sal, canela y un perejil ya negruzco. Cuando mi madre vivía eso parecía el expositor del súper. Era impresionante verla combinar los frascos de especias como lo haría un alquimista que busca la piedra filosofal. El fin era el mismo, volver oro lo que tocasen.

Me recordaba aún en la infancia, sentado, la mesa junto a la ventana, estudiando para algún examen o simplemente pintando. Ella, mientras tanto, iba narrando la expresión de su habilidad culinaria:

 - tomillo, romero, un poco de sal, la pimienta, remover. ¡Umhhh!, más sal.

También teníamos nuestros momentos de risas: al clavo lo llamaba tornillos para confundirme, a la nuez moscada, moscosa y una en especial que me hacía reír mucho: el cardamomo. Todavía sonrío cuando lo recuerdo. Al cardamomo lo imaginaba como algo fabuloso, legendario. Me hacía pensar en duendes como Pumuki que leía por entonces o gnomos de los que me contaban en el colegio que estaba el bosque lleno.

Cuando mi madre se fue se llevó con ella la esencia de aquella cocina. Todo indicaba que su arte de enriquecer los sentidos devino en un funcional microondas que ayudó a que la casa palidecerá.

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Entre animales

 

Hace ya un tiempo que no oigo nada. Está todo muy tranquilo.

No veo nada.

Si pudiera darme la vuelta y mirar por esa rendija de atrás por la que entra algo de luz.

No, no puedo. Este cajón es muy estrecho.

A ver, una vez más. No, definitivamente no puedo darme la vuelta.

Esperaré a ver si viene alguien y me saca de aquí. Se han debido de olvidar de mí.

¿Por qué iba nadie a hacerme esto? Además, me aprecian mucho.

Esperaré

Oigo voces

Alguien se acerca. Son varios. Hay mucho barullo.

Han golpeado la caja.

Parece que la están moviendo.

Ya se han debido de dar cuenta de que me han olvidado dentro. Ya me van a sacar. Seguro que se sienten mal y se disculpan por el error.

Pues vaya, no terminan de sacarme.

Pero ellos están por aquí. Si pudiera hacer algún ruido quizás me oigan.

¡Eh! ¡Eh! Sacadme de aquí. Que no os habéis dado cuenta y me habéis olvidado aquí.

Nada. Hay tanto follón ahí fuera que nadie me saca.

Me siento mal. Empiezo a estar un poco mareado. Me cuesta respirar.

Y estos idiotas ahí fuera sin darse cuenta de que estoy aquí.

Si al menos pudiera sentarme. Pero tampoco.

No sé qué hacer.

Como no reparen en que estoy aquí puede que me dejen para siempre y que acabe muriéndome.

Pero, ¿quién va a querer que me muera?

No, eso no puede pasar.

Ahora sí se han dado cuenta. Ya me abren. Por fin.

Venga, venga. Más rápido. Abrid esto y sacadme de aquí.

Así, así. ¡Ahhhh! por fin la luz, puedo respirar.

Ya salgo, ya salgo. Gracias chicos.

No veo nada. Tanta luz me ciega y esos gritos.

¡Ay! ¡Me han golpeado con un palo!

¿Quién ha sido?

Cabrón, te he visto. Voy a por ti. Ya verás.

No corras. Soy más…¡Ay! ¡Me han pinchado!

Pero, ¿qué hacéis? Yo no os he hecho nada.

¡Ahh! ¡Ese ha dolido mucho! ¿Por qué me hacéis esto?

¡Animales!

Tengo que escapar de aquí. Voy a correr todo lo que pueda.

Pero es que ellos me persiguen a caballo.

A la derecha, a la derecha. No puedo. Los caballos me lo impiden.

¡Ay! Que me hacéis daño.

¡Me vais a matar si seguís así!

Las fuerzas me empiezan a fallar.

Me siento débil.

Estoy sangrando mucho.

¿Por qué me hacéis esto? Nunca os he hecho daño.

No puedo más.

Ese árbol. Voy a llegar hasta él. Me esconderé detrás.

No sirve de nada.

Me siguen golpeando y pinchando.

Aquí me quedo.

Están todos a mi alrededor.

Viene un chico. Se acerca.

Quizás él me ayude.

Eso es. Seguro que les va a hacerentrar en razón.

Un momento. ¿Qué pasa? No veo nada.

Siento una fuerte punzada en elcuello.

Ese chico. Ay, ese chico.

Creo que aquí me quedo.

Y yo que me las prometía tan felices en esto de Tordesillas.

Aquí me quedo.

¡Animales!

 

Taxi al infinito

Lorena arrastraba su pequeña maleta por la Avenida Gustav Adolfs buscando un taxi que la llevara al aeropuerto.

Finalmente, tuvo suerte y un taxi paró ante ella para dejar bajar a dos mujeres de cierta edad.

- God morgon. Till flygplatsen, var vänlig. – Dijo Lorena en un sueco que ella creía correcto.

- Usted es española, ¿verdad? – Le dijo el taxista con gran seguridad.

- Sí, ¿tan malo es mi sueco?

- No, tiene buen tono. Pero uno lleva ya muchos años aquí sentado y esto es como una universidad.

¿Qué le ha traído por Estocolmo? ¿Negocios?

- En parte sí. Creo que podemos llamarlo así.

¿Cuánto tardaremos en llegar? – Masculló Lorena con la intención de dejar claro a su conductor que no la apetecía hablar.

- Hoy aunque llueva no hay mucho tráfico. Calculo que una media hora.

A partir de ahí, se hizo un incómodo silencio en el coche. Tanto que el atrevido taxista optó por poner la radio.

- Por favor, ¿le importaría quitar la radio? Me duele la cabeza.

A Lorena no le dio tiempo a terminar la frase. En ese mismo instante rompió a llorar. Rápidamente buscó en su bolso un pañuelo que sacó enredado en sus gafas de sol. Hizo uso de ambos.

- ¡Vaya! ¿Puedo ayudarle en algo? – Se ofreció el taxista con un tono muy suave.

- No, gracias. Es que vengo de enterrar a mi padre y de abrir su testamento y ahora, camino del aeropuerto, me vienen a la cabeza cientos de recuerdos.

El padre de Lorena era sueco. Conoció a su madre a finales de los 60 en España, durante unas vacaciones. Al enterarse de que la había dejado embarazada le ofreció reunirse con él en Estocolmo y empezar una vida juntos. Así lo hizo y Lorena nació en Suecia.

La madre de Lorena, ya fallecida también, no terminó de adaptarse a ese país, además de su incapacidad para comunicarse. Su frustración fue haciendo mella en la relación y acabó regresando a España a los dos años, con Lorena como único equipaje.

La relación de Lorena con su padre fue muy esporádica. Mientras ella era pequeña él se esforzaba por visitarla en Madrid al menos una vez al año. Después la propia Lorena hacia escapadas para verlo a él, pero nunca más de una o dos veces al año.

– ¿Está usted mejor? – Preguntó el taxista.

- Sí, sí. Es que me emociono al recordar a mis padres.

- Pues ya estamos casi llegando. ¿En qué compañía vuela?

- Iberia – Contestó Lorena.

Mire como voy bien de tiempo, ¿por qué no me hace una ruta turística desde el taxi? Yo le pagaré lo que marque el taxímetro.

- Como usted quiera. Pero si luego pierde el vuelo no será culpa mía.

Si le parece vamos a visitar la Catedral de San Nicolás y luego la vuelvo a traer al aeropuerto.

- Excelente. – Dijo Lorena guardando el pañuelo en el bolso.

La vida de Lorena no había sido fácil. Hija única con padre ausente en una época difícil en España. Su madre, sola, se esforzó por sacarla adelante a costa de su propio bienestar. Lorena cree que aquel sobreesfuerzo la mató y la dejó huérfana con 21 años.

Su padre, cuando se enteró le propuso que viviera con él en Estocolmo, pero ella tenía su vida hecha en Madrid y no accedió.

- Pues esta es la Catedral. Si le parece ya nos volvemos al aeropuerto. – Dijo el taxista.

- No, por favor. Lléveme a visitar otro monumento.

- ¿La ópera? ¿Le parece buena idea? – Propuso el taxista.

- Muy bien. Adelante.

Cuando murió su madre optó por ponerse a trabajar y dejar sus estudios de periodismo. Comenzó una relación con el que era su jefe que le doblaba en edad y acabaron casándose, previo divorcio de él.

De nuevo dos años de matrimonio. No hubo un tercero.

- Ya estamos en la ópera. ¿Volvemos? – Dijo el taxista con temor a escuchar una respuesta negativa.

- No, por favor. Uno más y regresamos al aeropuerto.

- ¿Palacio Real? – Propuso el taxista.

- Palacio Real. – afirmó Lorena.

Después de aquel matrimonio fallido Lorena tardó en rehacer su vida. Pero al final lo logró. Se casó con un chico de su misma edad con el que llevaba ya cinco años, sin hijos por acuerdo entre ambos.

Sin embargo, las cosas habían vuelto a torcerse. Lo que para ella empezó como sospecha se confirmó recientemente ante la evidencia de unos mensajes indiscretos en el móvil.

No le había dicho nada. Esperaba a su regreso de Estocolmo reprochárselo y dar por concluida la relación. Así que el panorama que se vislumbraba a su vuelta no era nada halagüeño.

- Palacio Real. – Dijo el taxista parado ante tamaño edificio.

- Palacio Real. – Aseveró ella casi sin mirar.

- ¿Otro sitio verdad? – Dijo el taxista.

- Sí, otro sitio.

Taxista y pasajera pasaron el día de un lugar a otro. En un momento dado él optó por parar el taxímetro y bajar a por algo de comida. Ella se mantuvo dentro del taxi durante horas.

Lorena perdió el avión. Fue al final del día cuando se atrevió a decirle a su ya amigo taxista:

- No estoy segura, pero creo que tengo el Síndrome de Estocolmo.

- Ya, me lo imaginaba. Se queda, ¿verdad?

- Sí, me quedo.

Genética extraña

Alguien dijo que la hemofilia es la venganza de la mujer hacia el hombre por hacerla parir. Ella lo transmite y él la padece. Como consecuencia, la sangre no coagula y una herida sin importancia puede resultar mortal.

Hay otra hemofilia que transmite el hombre a la mujer: la violencia. En este caso la herida la genera él y si no coagula es porque cuando sus plaquetas intentan actuar ella recibe otro golpe que abre de nuevo la herida.

Francisco vivió su infancia entre golpes, pero como espectador. Era habitual ver a su padre golpeando a su madre sin más motivo que una sopa fría. Él era pequeño y por aquella época, años 60, si no era normal, sí era por lo menos aceptado desde un silencio cómplice.

En su entorno era bien sabido el maltrato hacia su madre. Vecinos, familia, profesores, amigos. Los gritos en la comunidad y los hematomas en la calle eran todo un cuaderno de bitácora de lo que allí ocurría. Nadie hacía nada.

Su madre lo llevaba con resignación. Era la cruz que le había tocado arrastrar. Además, puede que su marido tuviera algo de razón cuando la agredía: nunca había sido una buena ama de casa y eso te pasa factura.

Francisco hoy enfila los 60 años. Su padre murió y su madre, muy mayor, vive en una residencia.

Un día hablando con su tío supo que su padre había sido testigo de las palizas que su abuelo daba a su abuela. Testigo mudo y alumno aventajado el padre de Francisco. Seguramente su abuelo vivió algo parecido en su infancia y así sucesivamente.

La violencia hacia la mujer se había transmitido de generación en generación como reverso de la hemofilia clínica. Siempre igual, inalterable: el hombre la transmite la mujer la padece.

Francisco se casó con Magdalena. Se juraron amor eterno: en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza. No fue así, el matrimonio duró 14 años y su mejor fruto fueron tres hijos: Conchita, Almudena y Javier, toda su vida concentrada en ellos.

A pesar del temor que tenía Francisco de seguir la herencia familiar jamás levantó la mano a su mujer. Hoy sabe que la hemorragia ya no es posible, la enfermedad ha desaparecido de sus cromosomas. Sólo necesitaba unas buenas plaquetas que bloquearan la herida y supo encontrarlas en Conchita, Almudena y Javier.

¡Ya está bien! Se dijo. Y la genética calló.