Momentos tan necesarios
Publicado por El mundo en que vivís | Archivado en Personas, Vida
Nunca imaginé que volvería a esta casa con las cenizas de papá en las manos.
La casa estaba sucia y desordenada. Su tiempo se había parado como lo había hecho el corazón de papá una semana antes. Los restos de la cena compartían la mesa con los desechos del material que usaron los sanitarios de emergencias. Resultaba paradójico que uno empezara a cenar judías verdes y terminara con una inyección de adrenalina como postre. C’est la vie.
Creo que llevaba seis años sin ir por allí. Casi siete. Desde que nos enfadamos porque le reproché en el velatorio de mamá lo desgraciada que la había hecho. Él esgrimió su clásica mirada torva y me dijo: “Desaparece de mi vista”. Y a fe que lo hice.
Entonces regresaba con sus cenizas para esparcirlas por el jardín, como quería.
Llegamos a esta casa siendo yo muy pequeño. En aquel momento las escaleras se abrían ante mis ojos infantiles como un reto inalcanzable y, sin embargo, aprendí a contar con ellas a base de subirlas y bajarlas. Lo recuerdo perfectamente, 12 peldaños y ese pequeño añadido al final que depuraba el honor del constructor.
La cocina era mi espacio favorito. Aquí hacía los deberes cuando volvía del colegio y aquí se sinceraba mi madre conmigo por su infortunio. Es curioso, siete años sin ella y todavía quedaba en el ambiente el aroma de sus guisos. Parecía que la olla estuviese siempre en ebullición con cualquier pieza de verdura para llevarla a su máxima expresión de generosidad.
En el estante del fondo no quedaban apenas especias, algo de sal, canela y un perejil ya negruzco. Cuando mi madre vivía eso parecía el expositor del súper. Era impresionante verla combinar los frascos de especias como lo haría un alquimista que busca la piedra filosofal. El fin era el mismo, volver oro lo que tocasen.
Me recordaba aún en la infancia, sentado, la mesa junto a la ventana, estudiando para algún examen o simplemente pintando. Ella, mientras tanto, iba narrando la expresión de su habilidad culinaria:
- tomillo, romero, un poco de sal, la pimienta, remover. ¡Umhhh!, más sal.
También teníamos nuestros momentos de risas: al clavo lo llamaba tornillos para confundirme, a la nuez moscada, moscosa y una en especial que me hacía reír mucho: el cardamomo. Todavía sonrío cuando lo recuerdo. Al cardamomo lo imaginaba como algo fabuloso, legendario. Me hacía pensar en duendes como Pumuki que leía por entonces o gnomos de los que me contaban en el colegio que estaba el bosque lleno.
Cuando mi madre se fue se llevó con ella la esencia de aquella cocina. Todo indicaba que su arte de enriquecer los sentidos devino en un funcional microondas que ayudó a que la casa palidecerá.
