Septiembres

¿Quién dijo que septiembre siempre es amargo?

Eso debió de pensar cuando le confirmaron que estaba embarazada. El análisis clínico podía dar lugar a equívoco, pero la ecografía no. Imaginar que un punto ininteligible con forma de cacahuete en un espacio tan borroso era su proyecto de vida, se convertía en todo un acto de fe.

Lloró mostrando toda su fragilidad y sonrió compartiendo toda su felicidad. El ginecólogo ducho ya en estos lances siguió el protocolo establecido de dar la enhorabuena y un kleenex, todo en uno.

Le había costado mucho llegar a recibir esa noticia. Años de frustraciones, decisiones erráticas, ilusiones inconclusas. Años de padecer el paso del tiempo sin poder realizarse como quería hacerlo. Pero al final llegó el momento: “Estás embarazada, no hay duda” le dijo el ginecólogo.

En sus primeros instantes de proyecto de madre no echó en falta a nadie a pesar de encontrarse sola. Lo tuvo muy claro hace ya un año, “quiero ser madre y si no encuentro al hombre perfecto lo seré sin un padre a mi lado”.

El cacahuete ondeaba en la pantalla como si tuviera vida propia mientras ella obnubilada, absorta y ausente creaba mil y una ilusiones. Su vida se deconstruía por momentos y volvía a erigirse, esta vez con espectaculares colores. Aquellos planes de ser madre ya no se dibujaban en blanco y negro, ahora eran alta definición: La lactancia, los primeros pasos, las primeras palabras, siempre imaginado, hoy entraban en fase embrionaria. No le resultaba difícil porque lo había visualizado tantas veces, unas desde la imaginación, otras desde la envidia.

Hoy saldría a la calle con un gesto diferente, animando a que la gente la interpelara y ella pudiera contestar “es que estoy embarazada”. Luego vendría “de momento de cinco semanas”, “esta tarde no que tengo ecografía”, “todavía no sé si es niño o niña”, “no, no tengo muchas náuseas”, “¿sola? ¿Y qué más da? Me siento muy capaz”.

Cuando el doctor le extrajo de su interior la cámara del ecógrafo tenía los ojos cerrados. Había dejado de mirar para pasar a sentir. Y así siguió unos segundos hasta que oyó la voz de la enfermera que la animaba a vestirse.

Unas primeras pautas, una nueva cita en un mes y una vida normal.

Era septiembre. No necesariamente un mes amargo.

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