Un encuentro breve

Las ferreterías son libros en un idioma que no conoces. Son un conglomerado de cachivaches anónimos y con una utilidad por descubrir que se apilan en un orden al alcance de pocos.

En octavo de EGB mis padres me permitieron ir al colegio solo, andando, desde casa. Fue uno de los momentos más importantes de mi vida. Me acababa de ganar su confianza, y eso me dignificaba como hijo.

El trayecto apenas duraba 15 minutos pero era toda una experiencia pasar a primera hora de la mañana por esas tiendas de barrio que abrían sus puertas entre bostezos,  prisas y saludos al vecino más madrugador.

Me tenían prohibido entretenerme en el camino. Mi madre me despedía con un beso en la mejilla y me decía: “y ahora directo al cole. No te pares en ningún sitio que llegarás tarde”.

En mis primeros días de autonomía caminaba rápido y  decidido, henchido de orgullo por ser ya mayor y con el foco puesto en llegar pronto al colegio sin ningún contratiempo.

Yo estaba convencido de que mis padres me seguían a distancia, escondiéndose para que no les viera, y comprobando si era merecedor de tamaña confianza.

Por mi parte, les correspondía no mirando atrás para que no fueran descubiertos ni se pudieran sentir mal. Me los imaginaba agazapados detrás de uno de los SEAT 127 que tanto abundaban por el barrio mientras ambos asentían con connivencia por su acertada decisión.

A medida que las semanas fueron pasando, fui ganando confianza en mí mismo y eso me permitió disfrutar más del trayecto. Contaba los segundos que tardaba en cambiar el semáforo, reconocía a todos los perros que eran paseados a esas horas, sabía quién debía de salir por un portal concreto en un momento dado y, sobre todo, me conocía todos los escaparates de todas las tiendas por las que pasaba.

La vieja tahona del barrio era parada obligada en mi camino al colegio. El olor de la masa horneada del pan se fundía en el ambiente con la mermelada de los cruasanes o la vainilla de los pasteles. Todavía hoy tengo mi olfato cautivo de aquella revolución de aromas.

Poco antes de llegar al colegio terminaban las tiendas y empezaba el parque de San Cristóbal. Este último tramo era frío y desapacible en invierno cuando el viento arreciaba con crueldad sobre mi parca y lanzaba las hojas húmedas contra mí cara. En verano tampoco era lo mejor del trayecto. La ubicación del parque con respecto al sol impedía que la sombra de los árboles me amparara. Lo peor de mis 15 minutos de aventurero, sin duda.

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