Encuentros casi furtivos
Publicado por El mundo en que vivís | Archivado en Personas, Sociedad
¡Joder, cómo se le ponen los pezones! Me vuelven loco.
El pensamiento de Manuel era tan libre como salvaje. Un toro bravo en una dehesa, sin ataduras ni mordazas, con el único guión de su instinto más primario.
Sentado en el borde de la cama, desnudo pero con calcetines, dejaba reposar el cuerpo exhausto sobre sus brazos, ahora pilares.
Mientras tanto, Lorena se incorporaba en la cama para alcanzar la blusa oscura que apenas 10 minutos antes la vestía.
La habitación era gélida, en esas fechas en las que no sabes si han apagado la calefacción para ahorrar o porque esperaban que se adelantara la primavera. De cualquier manera se habían equivocado.
- ¿Has visto el cuadro de la virgen en la pared? – Apuntó Lorena mientras abrochaba el único botón que ocultaría sus pechos de la mirada ahora ya incómoda de Manuel. – Me da muy mal rollo. Parece que nos esté mirando todo el rato.
- No es un cuadro. Es un holograma y por eso nos mira. Los hacen así para que no te sientas solo. Sobre todo la gente mayor, les da tranquilidad. Hace muchos años estuve en las fiestas de un pueblo minúsculo y acabé follando con una de allí, en la habitación de sus padres, aquello era como un santuario: crucifijos, estampitas. Un San Antonio, recuerdo un San Antonio sobre una cómoda que también nos miraba, como esta virgen. Eso sí que da mal rollo.
- A mí no me vuelvas a traer aquí a follar, ¡eh!. Si no te quieres gastar dinero lo hacemos en el coche, en un descampado, pero aquí no. Es que se me ha cortado todo. Yo creo que por eso no me he corrido. Entre la virgencita y el frío que hace se me ha jodido el momento.
- Dame fuego anda.
- Está en mi bolso. Cógelo tú – Contestó Lorena con desgana.
Localizar el bolso no fue difícil, la habitación era tan pequeña como diáfana. Encontrar el mechero era otra cosa. Los bolsos de las mujeres ya son de por sí difíciles de entender para un hombre, pero el de Lorena era todo un desafío al orden.
Agenda, monedero, tickets de compra, tampax, chicle, …
- Trae anda que me lo vas a revolver todo.- Le recriminó Lorena a la vez que se levantaba de la cama para buscar el mechero. – ¿Ves? Aquí está. Es que no tienes paciencia.
Manuel se encendió su cigarro con premura. Para él terminar de follar y fumar era todo uno y había dejado pasar ya unos minutos.
La primera calada, con la que se encendía el cigarro fue tan profunda que le hizo toser. Un solo golpe de tos, seco, mudo, cavernario. Aquel no fue obstáculo para inhalar una segunda calada con más fuerza si cabe.
- Tienes que mirarte esa tos. Mi padre murió por una tos como la tuya. – Dijo Lorena.
- A tu padre le atropellaron al cruzar una calle sin mirar, por donde no debía.- Respondió Manuel en un tono desafiante.
- Sí, es verdad, pero cruzaba para ir a la farmacia a por Pastillas Juanola porque tenía mucha tos.
- Yo siempre cruzo por el semáforo y tú deberías hacer lo mismo.
- Vale papá. Seré una niña buena y cruzaré bien la calle. – El tono de la conversación era agrio. Lorena estaba resentida por un encuentro que no había cubierto sus expectativas. Se sentía estafada.
Manuel optó por no contestar. Dejó morir la conversación ahí y siguió dando buena cuenta del cigarro. La habitación, mientras tanto se llenaba de una nebulosa que dificultaba que ambos se vieran con claridad. Se creaba un ambiente romántico, novelesco casi fantástico.
Apagado el cigarro sobre un cenicero recuerdo de Sitges, se dispuso a buscar su ropa. Sin hablar, dando la espalda a Lorena se enfundó sus calzoncillos con ribetes turquesa y volvió a la cama a sentarse junto a ella.
Los segundos de silencio se sucedían. Ensimismados en sus pensamientos el encuentro parecía estar en fase terminal. Los estertores, que eran suspiros, sólo se acompañaban de una puerta que se cerraba en algún lugar del edificio, unas pisadas por el pasillo o ambos.
- Otras veces gritas más – Dijo Manuel con los ojos clavados en la virgen holográfica de la pared.
- ¿Me lo dices a mí o a ella? – Y Lorena sonrió.
- No me jodas Lorena. Que no has gritado nada. Ni que te hubiera traído obligada.- Contestó Manuel mientras volvía su cabeza hacia ella.
- ¿Qué quieres decir? He gritado lo que he gritado. Ya te he dicho que no me he corrido. – Respondió Lorena con el cuerpo enfrentado a Manuel. Ahora estaban cara a cara, mirándose con solemnidad, retándose.
- Ya, pero otras veces tampoco te corres y no sé, gritas y gimes más.
- Grito lo que me pide el cuerpo y hoy en los tres minutos que has durado no me ha dado para más.
- Yo también duro lo que me pide el cuerpo. Respondió Manuel mientras giraba la cabeza de nuevo para huir de la amenaza de Lorena.
De nuevo el silencio volvió a inundarlo todo. Sus cuerpos hieráticos parecían defender un territorio acotado en la cama. Desde sus dominios se sentían presentes, se escuchaban respirar, se olían. Nada más. Sólo latencia.
Lorena rompió el silencio. Se levantó a buscar su ropa y le dijo a Manuel:
- ¿Recoges tú a los niños en el cole? Tengo que ir al Corte Inglés a cambiar el regalo de mamá que no le vale.
- ¿Tengo que llevar a Carlos a judo? – Inquirió Manuel
- No, hoy no. No tienen nada. Recógelos y nos vemos luego en casa.
No se ayudaron a vestirse.
