Cosas de agosto
Publicado por El mundo en que vivís | Archivado en Niños, Personas, Vida
Nacer en agosto en Madrid es hacerlo dos veces.
Tuve un hermano intempestivo una noche con las ventanas abiertas a un ambiente de derrota. Un verano donde el silencio de la calle imponía bucear en lo inescrutable de la existencia de cada uno. Noche de agosto en Madrid, de frustraciones y envidias, de ambiciones derrotadas, de compañías anodinas en camas que responden a preguntas que nunca se llegan a hacer. Aroma de pepino en el gazpacho, de cloro en la piel, de plástico y chancla. Geografía de sudor en sábanas de hilo. Noches frugales casi anecdóticas. Nacer en Madrid, en agosto y de noche es un accidente.
Me imagino soñando. Dormir era subirme en una atracción de feria, un tren de la bruja con una maravilla esperándome en cada recoveco del trazado. Aventuras con mis amigos del cole, Joserra y Pancho, con mis padres por El Pardo, con mi primo Kiko o mi hermano, aún de mentira. El sueño me reportaba experiencias que el día me negaba.
Era verano y agosto, en Madrid.
Me creo trasnochando hasta esas horas que son coto y secreto de los mayores. Probablemente me quedara dormido en el sofá ante un gran televisor carente de contenido. Mi madre cabecearía en un duermevela preámbulo de otro más intenso. Mi padre en la terraza, sin camiseta, meyba con franjas laterales, sandalias y cigarro, escrutaría el averno del barrio con disnea de 30 grados, autoerigido custodio de la tranquilidad, martillo de los indomables. Parecería que estuviera pensando “dormid tranquilos. Ya vigilo yo”.
Cuando la noche, tan parca en horas, se descubría en hastío, tocaba retirada. Mi madre reaccionaba a los suaves golpes de mi padre con confusión. Yo directamente no respondía. Recogido en brazos con tanta fuerza como destreza apoyaba la cabeza en el hombro huesudo de mi padre, luego era depositado con celo en mi cama. Entonces toda la casa se sumía en un inquietante silencio que sólo era capaz de derrotar desde el sueño.
En agosto, de noche y en Madrid también pasan cosas.
- Que venga Puri para que se quede con Rubén. – Le oí decir a mi madre.
- Sí, voy. Mete todo en la bolsa, que no se te olvide nada. Joder con el niño, qué prisa tendrá.
Mi puerta entreabierta dejaba que se asomara algo de luz del pasillo. El tono anaranjado de las bombillas incandescentes creaba un ambiente cálido que agravaba más si cabe la tórrida noche. En un lado de la habitación se adivinaba el póster firmado de un futbolista, dos medallas que gané en el campamento de julio, el horario de las clases que ya acabaron, mi foto disfrazado de muñeco. El flexo de la mesilla creaba en la pared una forma tan extraña como tenebrosa. El armazón que contenía a la bombilla se proyectaba distorsionado, temblaba. El cuerpo del flexo devenía en un largo cuello. El monstruo se retorcía ante la lucha de poder entre la incipiente y potente luz del pasillo y la otra escuálida que arrojaba la ventana.
Con los ojos abiertos e inmóvil vivía como espectador pasivo lo que ocurría en casa. Interpretaba cada ruido, unos pasos acelerados, una puerta de armario, ¡no!, es un cajón, algo cae al suelo, una moneda de 100 ó 500 pesetas. Como un invidente que juega a abrir los ojos iba componiendo la realidad que acontecía al otro lado de la puerta.
- Puri hija. Gracias por venir. – dijo mi madre seguramente apurada por disponer de noche de la ayuda de una vecina. – Mira que lo sabía. Ayer por la tarde se lo comenté a Juan y me dijo que era imposible. ¿Cómo no lo voy a saber yo si le llevo dentro?
- Bueno, no te preocupes. – Contestó Puri imagino que poniéndole la mano en el brazo a mamá como siempre hacía. – Ahora que todo vaya bien. ¿Se ha despertado Rubén?
- No, está dormido. Ayer estaba muy cansado así que se levantará tarde. Vendrá mi hermana a buscarle. Si nos dan una habitación con teléfono te llamará Juan para ver qué tal todo y darte el número por si pasa algo.
- ¿Estás ya? – Interrumpió mi padre supongo que desde el descansillo de la entrada. Él se preocupaba mucho por todo. A mi madre le reprochaba que fuera tan tranquilona como la abuela que tuvo a la tía Charo mientras hacía pis. “Ya verás como das a luz en el autobús y luego nos sacan en la tele” le decía medio en broma medio en serio.
Lo siguiente fueron despedidas, prisas y buenos deseos. La puerta de la calle se cerró. Los pasos de Puri se acercaron a mi cuarto. Asomó la cabeza. Me hice el dormido. Cerró la puerta. La luz del pasillo desapareció. Me dormí. Soñé que era invierno. Cuando desperté el dinosaurio aún seguía ahí.
